Santos Marcelino, sacerdote, y Pedro, exorcista, mártires, sobre la via Labicana

En el contexto de la feroz persecución anticristiana del emperador Diocleciano en el año 304, el sacerdote Marcelino y el exorcista Pedro fueron encarcelados en Roma, donde convirtieron su prisión en un lugar de evangelización y bautismo, llegando a realizar milagros según la tradición. Tras negarse a renegar de su fe, fueron condenados a muerte y conducidos a un bosque llamado Selva Negra para ser ejecutados en secreto; allí, tras la cruel humillación de tener que cavar sus propias tumbas, fueron decapitados con la intención de que sus restos y su memoria desaparecieran para siempre en el anonimato. No obstante, este plan falló cuando la matrona romana Lucila localizó los cuerpos y los trasladó al cementerio conocido como «ad duas lauros» en la actual Vía Casilina, transformando la memoria del lugar. Su legado perduró a través de los siglos gracias a la intervención del Papa Dámaso I, quien honró su sepulcro con versos posteriormente restaurados por el Papa Vigilio tras la destrucción goda, y a la inclusión de sus nombres en el Canon de la Misa, convirtiendo sus catacumbas en un célebre testimonio de fe que venció al olvido.

San Eugenio I, papa

Sucesor del Papa Martín I, que fue martirizado por orden del Emperador de Oriente Constantino, Eugenio I, Papa de 654 a 657, rechazó con firmeza la ambigua profesión de fe del nuevo patriarca bizantino de Constantinopla, Pedro. A su muerte fue sepultado en San Pedro.