San Cirilo, obispo de Jerusalén y doctor de la Iglesia

Nacido en Jerusalén alrededor del año 315, Cirilo se convirtió en una figura fundamental para la formación doctrinal en los primeros siglos del cristianismo. Tras una juventud marcada por el ascetismo, fue ordenado sacerdote y dedicó gran parte de su ministerio a la instrucción de los catecúmenos a través de sus famosas 24 catequesis, en las que explicaba conceptos metafísicos complejos con un lenguaje sencillo y bíblico. Consagrado obispo de Jerusalén hacia el 348, su episcopado se caracterizó por la defensa de la fe del Concilio de Nicea frente a las herejías de su tiempo.

Su firme oposición al arrianismo, que negaba la divinidad plena de Cristo, y sus disputas jurisdiccionales con Acayo de Cesarea le costaron tres dolorosos exilios decretados por emperadores hostiles. Sin embargo, Cirilo se mantuvo fiel a la verdad sobre la consustancialidad del Padre y el Hijo. Tras su regreso definitivo en 378, participó en el Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, ayudando a consolidar el Credo que hoy profesamos.

Consideraba al cristiano como un portador de Cristo o cristóforo. Su legado teológico y pastoral es tan relevante que fue declarado Doctor de la Iglesia por León XIII en 1882, y sus escritos fueron fuente de inspiración para documentos clave del Concilio Vaticano II como la Lumen Gentium y la Dei Verbum.

San Anselmo, obispo de Lucca

Uno de los hombres más cultos de su tiempo. Guiado por su tío homónimo, el futuro Papa Alejandro II, Anselmo fue obispo de Lucca en 1074. Rechazó los dones de Enrique IV, vivió un espíritu monástico y renovó la vida espiritual. Murió en 1086 en Mantua. Muy venerado, fue canonizado al año siguiente.