Santa Catalina de Siena, virgen, doctora de la Iglesia, Patrona de Europa y de Italia

Conocida por su exhortación a no contentarse con las cosas pequeñas porque Dios las quiere grandes, Santa Catalina de Siena fue una figura monumental del siglo XIV que, desde su nacimiento en el barrio de Fontebranda como la vigésima cuarta hija de una familia numerosa, mostró una determinación espiritual inquebrantable. Su vocación se manifestó tempranamente con una visión de Jesús vestido de Pontífice a los seis años y un voto de virginidad al año siguiente; ante la oposición familiar que buscaba casarla, reaccionó con firmeza cortándose el cabello y encerrándose en su hogar, logrando finalmente ingresar en las Terciarias dominicas en 1363. Su profunda vida mística incluyó episodios como las nupcias espirituales con Cristo y la recepción de estigmas invisibles, reviviendo la Pasión cada semana y encarnando las palabras de San Pablo sobre Cristo viviendo en ella.
A pesar de las dificultades de su tiempo, marcado por pestes y guerras, Catalina aprendió a leer y escribir para convertirse en un faro de caridad y sabiduría, siendo llamada mamá y maestra por los numerosos discípulos, conocidos como caterinatos, que acudían a su celda. Su influencia trascendió lo privado para impactar la historia de la Iglesia y de Europa; a través de un intenso epistolario y viajes, abogó por la paz en Italia, la reforma eclesial y, de manera decisiva, el regreso del Papado de Aviñón a Roma. Trataba al Papa con una mezcla única de reverencia, llamándolo el dulce Cristo en la tierra, y de firmeza profética al recordarle sus responsabilidades, demostrando un coraje y una libertad de espíritu excepcionales.
Su vida terrena se apagó en Roma el 29 de abril de 1380 a la edad de treinta y tres años, tras haber sido llamada por Urbano VI en medio del Cisma de Occidente. Sin embargo, su legado perduró a través de sus escritos teológicos como El Diálogo de la Divina Providencia y sus oraciones, obras que revelan una sabiduría infusa y un amor apasionado por la verdad. La magnitud de su doctrina y su impacto espiritual fueron reconocidos siglos más tarde cuando, en 1970, el Papa Pablo VI la proclamó Doctora de la Iglesia, exaltando a esta mujer que comprendió que el motor de la existencia humana es el amor divino.
