San Pedro Chanel, sacerdote y mártir de Oceania

Nacido en la localidad francesa de Cuet en 1803, Pedro Chanel creció en el seno de una familia campesina que, desde su bautismo, ligó su vida a la Virgen María, una devoción que marcaría todo su camino espiritual y que incluso reflejó en su nombre al añadir María a los de Pedro y Luis. Su vocación sacerdotal fue descubierta por el párroco local, quien lo guio hacia el seminario, donde, a pesar de las dudas iniciales, Pedro consolidó su fe y alimentó un ferviente deseo misionero inspirado por las cartas que leía de tierras lejanas. Aunque ejerció como sacerdote diocesano tras su ordenación en 1827, su anhelo de evangelizar más allá de las fronteras lo llevó a unirse a la recién fundada Sociedad de María, los Padres Maristas, encontrando allí el cauce para cumplir su sueño de llevar el Evangelio a los no cristianos.

En 1836, tras la aprobación de su congregación y con treinta y tres años, emprendió un largo viaje hacia lo desconocido que duró más de un año hasta desembarcar en la isla de Futuna, en Oceanía. Allí, junto a un hermano religioso, fue acogido inicialmente por el rey Niuliki y comenzó una labor paciente de inculturación, aprendiendo el idioma, adaptándose a las costumbres y ganándose el corazón de los nativos mediante su dulzura, el cuidado de los enfermos y la celebración de la liturgia. Su bondad y el mensaje cristiano comenzaron a calar hondo en la población, generando un creciente interés por el bautismo que, paradójicamente, sellaría su destino.

El éxito de su apostolado y, muy especialmente, la conversión del hijo del rey, el príncipe Meitala, provocaron los celos y el temor del monarca Niuliki, quien vio amenazada su autoridad tradicional. Tras una campaña de hostigamiento, robos y privaciones contra el misionero, el rey ordenó su ejecución, la cual fue llevada a cabo brutalmente por su yerno el 28 de abril de 1841, convirtiendo a Pedro Chanel en el protomártir de Oceanía. Lejos de extinguir la nueva fe, el sacrificio de Pedro dio frutos extraordinarios casi de inmediato: apenas un año después llegaron nuevos misioneros y para 1844 toda la isla había abrazado el cristianismo, confirmando la fecundidad de su martirio, reconocido universalmente con su canonización por Pío XII.

Santa Luis María Grignon de Montfort, sacerdote fundador de la Compañía de María

San Luis María Grignion de Montfort cimentó su existencia en la convicción de que es imposible forjar una unión íntima con Jesús y una perfecta fidelidad al Espíritu Santo sin una profunda conexión con la Santísima Virgen, a quien definía como la criatura más fiel a Cristo. Desde su infancia manifestó una clara predisposición espiritual que, tras grandes sacrificios, le permitió formarse en el seminario de San Sulpicio en París, donde destacó por su perfil mariano hasta el punto de celebrar su primera misa en un altar de la Virgen y convertir la Catedral de Notre Dame en su refugio habitual. Dotado de grandes cualidades como predicador, cantor y compositor, recorrió incansablemente Francia predicando misiones para convertir a los pecadores y llevar el mensaje de Dios al corazón del pueblo.

Su ministerio fue un combate constante en defensa de la verdad y la caridad, enfrentándose con vigor al racionalismo, al protestantismo y especialmente a la herejía jansenista, mientras se volcaba en la atención de los más pobres y olvidados. En busca de confirmación y fuerza para su apostolado, peregrinó a pie y viviendo de la limosna hasta Roma, donde el Papa Clemente XI lo recibió amablemente y le concedió el título de Misionero Apostólico. Fruto de este celo evangelizador fundó la Compañía de María, conocida como los Padres Monfortianos, y las Hermanas de la Sabiduría, comunidades que continuarían su obra de conversión de las almas.

El legado de este santo traspasó los siglos gracias a su obra escrita, destacando el Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María, un texto fundamental en la espiritualidad católica que inspiró profundamente al Papa Juan Pablo II, quien adoptó como lema pontificio la fórmula de consagración monfortiana Totus tuus, que significa Soy todo tuyo oh María, y todo cuanto tengo, tuyo es. Luis María falleció repentinamente el 28 de abril de 1716 a la edad de cuarenta y tres años, siendo beatificado en 1888 y finalmente canonizado por el Papa Pío XII en 1947.