San Estanislao, obispo de Cracovia y mártir

San Estanislao nació en el seno de una ilustre familia cristiana, destacándose desde joven por una piedad que lo alejaba de la frivolidad mundana. Su formación intelectual fue exquisita, pasando por la universidad de Gniezno y perfeccionándose en teología y derecho canónico en París, aunque su humildad le llevó a rechazar títulos académicos para regresar a Polonia a servir a Dios. Como sacerdote y posterior obispo de Cracovia, consagrado por mandato del Papa Alejandro II, encarnó el ideal del buen pastor: austero en su vida personal, dedicado a la oración y profundamente comprometido con los pobres, de quienes llevaba un registro para asegurar su asistencia, al tiempo que exigía una conducta ejemplar a su clero.
Esta rectitud moral lo llevó inevitablemente a un enfrentamiento directo con el rey Boleslao II, un monarca que, pese a su valentía militar, llevaba una vida privada licenciosa y violenta. La tensión estalló cuando el rey secuestró a la esposa de un noble y trató de destruir la reputación del obispo acusándolo falsamente de apropiarse indebidamente de las tierras de Piotrawin. Ante la calumnia real, Estanislao respondió con un milagro asombroso: tras tres días de oración, resucitó al antiguo dueño del terreno, Pedro, para que testificara a su favor ante la corte. Sin embargo, ni siquiera este prodigio logró ablandar el corazón del soberano, obligando al obispo a pronunciar la sentencia de excomunión.
El desenlace fue trágico y brutal. Mientras Estanislao celebraba la Eucaristía en la iglesia de San Miguel, fuera de los muros de la ciudad para evitar la presencia del monarca excomulgado, fue asesinado. Tras el fracaso de los guardias, impedidos por una fuerza misteriosa, fue el propio Boleslao quien, cegado por el odio, asesinó y descuartizó al obispo con su espada. Mientras los fieles recogían los restos del mártir, que sería canonizado en 1253, el rey asesino sufrió el peso de la justicia divina y eclesial: despojado de su corona y excomulgado por el Papa, terminó sus días en el anonimato de un monasterio benedictino en Carintia, sirviendo como hermano laico en un camino de tardío pero necesario arrepentimiento.
Santa Gema Galgani, virgen, terciaria pasionista



La vida de Santa Gema Galgani estuvo marcada por el dolor desde su más tierna infancia, convirtiéndose en un camino de purificación y entrega. A la prematura muerte de su madre cuando ella tenía solo siete años, le siguieron las pérdidas de su hermano seminarista Gino y de su padre, desgracias que dejaron a la familia en la ruina y obligaron a Gema a ser acogida por una tía. Su propio cuerpo no fue ajeno al sufrimiento, padeciendo una grave osteítis y una otitis mastoidea que la mantuvieron semiparalizada durante meses. Fue en ese lecho de dolor donde la lectura de la vida de San Gabriel de la Dolorosa tocó su alma, y tras una novena a Santa Margarita María de Alacoque, obtuvo una curación milagrosa en 1899 que marcó el inicio de una nueva etapa espiritual.
Aunque su salud y circunstancias le impidieron cumplir su anhelo de ingresar a la vida religiosa de clausura, Gema vivió una intensa unión mística con la Pasión de Cristo desde el mundo. El 8 de junio de 1899, víspera del Sagrado Corazón, recibió el don de los estigmas, un fenómeno que se repetiría periódicamente de jueves a viernes, sumergiéndola físicamente en los dolores de la crucifixión. A pesar del escepticismo que estos signos despertaron en algunos, contó con el firme apoyo y defensa del padre Germano Ruoppolo, pasionista y experto en mística. Su vida interior quedó plasmada en sus escritos, donde relata con naturalidad sus conversaciones sobrenaturales con Jesús, la Virgen María, su Ángel de la Guarda y San Gabriel de la Dolorosa, revelando una intimidad divina reservada a las almas más puras.
