San Ananías, que bautizó al Apóstol Pablo en Damasco

Un judío de Damasco convertido al cristianismo, en una visión el Señor le pidió que fuera a buscar a Saulo de Tarso, el perseguidor que se quedó ciego después de la manifestación de Jesús. Ananías obedeció y le impuso las manos. Saulo recuperó la vista y fue bautizado. (cf Hch 9, 17-19).

Conversión de san Pablo, apóstol

El Señor, en su infinita paciencia, esperó a Saulo en el camino a Damasco para transformar su corazón de perseguidor en el de un santo apóstol. Saulo, fariseo educado en la escuela de Gamaliel y celoso guardián de la ortodoxia judía, consideraba la persecución de los cristianos como un servicio necesario a la ley mosaica. Sin embargo, mientras se dirigía a capturar a los fieles refugiados en aquella ciudad, fue envuelto por una luz divina y una voz que le cuestionaba por qué lo perseguía. Tras identificarse como Jesús, el Señor lo dejó ciego y en ayuno durante tres días hasta la llegada de Ananías, quien le impuso las manos, le devolvió la vista al caer unas escamas de sus ojos y lo bautizó.

Su transformación no estuvo exenta de dificultades. Aunque comenzó a predicar inmediatamente que Jesús era el Hijo de Dios, al principio enfrentó la desconfianza tanto de los judíos, que lo veían como un traidor, como de los propios cristianos, que temían a su antiguo verdugo. Fue necesario su traslado a Antioquía junto a Bernabé, lugar donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos, para consolidar su ministerio. Desde allí emprendió numerosos viajes para llevar la Palabra a todos los pueblos, culminando su carrera con el martirio en Roma, confirmando con su propia vida aquella certeza que escribió a los Romanos: que ninguna tribulación, peligro o espada podría jamás separarlo del amor de Dios manifestado en Cristo.