Santos Timoteo y Tito, obispos, discípulos de San Pablo

Timoteo, nacido en Listra de madre judía y padre pagano, fue elegido por Pablo al inicio de su segundo viaje misionero debido a su buena fama. Aunque el Apóstol lo hizo circuncidar por consideración a los judíos de la zona, Timoteo se convirtió en un compañero inseparable que atravesó Asia Menor y llegó a Macedonia, colaborando activamente en la evangelización de ciudades clave como Atenas, Tesalónica y Corinto. Su figura resalta como la de un pastor de gran importancia, siendo considerado por la historia eclesiástica posterior como el primer obispo de Éfeso, y sus reliquias, provenientes de Constantinopla, reposan desde el siglo XIII en la catedral italiana de Termoli.
Por su parte, Tito provenía de una familia griega pagana y, tras su conversión, se transformó en un símbolo viviente del valor universal del cristianismo sin distinciones de raza o cultura. Acompañó a Pablo al Concilio de Jerusalén, donde el Apóstol se opuso firmemente a su circuncisión, marcando un contraste con el caso de Timoteo. Tito desempeñó un papel diplomático crucial al lograr pacificar a la indócil comunidad de Corinto y organizar las colectas para los pobres de Jerusalén, siendo calificado por Pablo como su compañero y colaborador antes de asumir, según las cartas pastorales, el obispado de Creta.
Ambos discípulos encarnan la síntesis de la misión paulina, reuniendo en sus figuras a los hombres de la ley y a los de la fe. La tradición atribuye al Apóstol, ya en su ancianidad, dos cartas dirigidas a Timoteo y una a Tito, siendo los únicos textos del Nuevo Testamento enviados a personas particulares y no a comunidades enteras. En estas misivas, ricas en afecto, Pablo se muestra satisfecho de haber depositado en manos de estos dos fieles servidores el anuncio del Evangelio, dejándonos un legado que enseña a servir con generosidad a la Iglesia.
Santa Paola, matrona romana



Nacida en el año 347 en el seno de una ilustre familia romana emparentada con la gens Cornelia, Paula vivió rodeada de lujo y comodidades hasta los treinta y dos años. Tras casarse a los dieciséis con el senador Toxocio y tener cinco hijos, la muerte de su esposo marcó un punto de inflexión decisivo en su existencia, llevándola a acercarse al círculo de viudas guiadas por Santa Marcela en el Aventino para dedicarse a la oración y la penitencia. Fue precisamente Marcela quien, en el año 382, le presentó a san Jerónimo, a quien Paula hospedó en su casa junto a otros obispos; la influencia del santo fue tan profunda que despertó en ella el deseo de abandonar Roma y abrazar la vida monástica en Oriente.
Este anhelo se concretó en septiembre del año 385, cuando, tras el fallecimiento de su hija Blesilla, partió hacia Tierra Santa acompañada por su hija Eustoquio. Tras reunirse con Jerónimo en Antioquía, peregrinaron juntos por los lugares santos de Palestina y visitaron a los eremitas en Egipto, antes de establecerse definitivamente en Belén. Allí fundaron dos monasterios, uno masculino y otro femenino, donde se mantenía una estricta disciplina litúrgica que incluía el canto diario del Salterio de memoria. Paula destacó no solo por sus rigurosos ayunos, sino por una caridad desbordante, entregando a los pobres todo lo necesario para su subsistencia.
La colaboración entre Paula y Jerónimo fue intelectual y espiritualmente fecunda. Ella no solo le ayudó a moderar su carácter irascible y a mantener la paciencia en las disputas teológicas, sino que jugó un papel crucial en la traducción de la Biblia del griego y el hebreo al latín, sugiriendo la obra y dedicándose, junto a Eustoquio, a copiar los textos para su difusión. En el año 406, a los cincuenta y nueve años, Paula sintió llegar su muerte evocando versos del Cantar de los Cantares y del Salmo 27. Falleció rodeada del afecto de religiosos y pobres que la consideraban su madre, siendo sepultada en la iglesia de la Natividad, lugar donde años más tarde también descansaría Jerónimo, quien le dedicó un sentido epitafio.
