San Paulino, obispo de Nola

No es común recibir la fe de dos “gigantes”. Detrás de la adhesión al Evangelio de San Paulino, patricio romano, están San Ambrosio y San Agustín. En Nola construye un Santuario y obras para los más pobres. Electo obispo de la ciudad muere en el 431, un año después su amigo Agustín.
San Juan Fisher, obispo de Rochester, mártir ingles



San Juan Fisher, obispo de Rochester y eminente humanista elogiado por Erasmo de Rotterdam, destacó por su extraordinaria cultura y su impulso al estudio de las lenguas bíblicas en Cambridge antes de convertirse en un férreo opositor de la Reforma luterana. Su lealtad a la Iglesia Católica lo llevó a enfrentarse a Enrique VIII al rechazar la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón y negarse a jurar el Acta de Supremacía, desconociendo así al monarca como cabeza de la Iglesia. Encarcelado en la Torre de Londres, donde recibió el nombramiento de cardenal como un último intento papal por salvar su vida, compartió el sufrimiento y el consuelo espiritual con Tomás Moro. Fue decapitado el 22 de junio de 1535 tras reafirmar su fe en el patíbulo, siendo posteriormente canonizado y venerado junto a Moro como mártir de la libertad de conciencia y la fidelidad a Roma.
San Flavio Clemente, cónsul romano, mártir



Flavio Clemente pertenecía a la familia Flavia, originaria de Rieti y era sobrino del emperador Vespasiano. Llegó a ser cónsul en el año 95. Casado con Flavia Domitila, se convirtió al cristianismo y sufrió la persecución de Domiciano, quien lo condenó a muerte bajo una falsa acusación de ateísmo.
Beato Inocencio V, papa



Pedro di Tarentaise nació en Saboya y se hizo dominicano. Un predicador tan grande y tan culto que fue llamado «doctor famosísimo». Como Arzobispo de Lyon trabajó para la unión de las Iglesias separadas de Roma. Fue elegido Papa con el nombre de Inocencio V en 1276, pero murió después de unos meses.
San Tomás Moro, mártir ingles



Santo Tomás Moro, nacido en Londres en 1478, destacó como un brillante humanista, autor de «Utopía» y hombre de Estado que, siendo un devoto padre de familia, alcanzó la cima política como el primer laico nombrado Gran Canciller de Inglaterra. Su inquebrantable integridad moral y fidelidad a la Iglesia lo llevaron a renunciar a sus cargos y a la riqueza cuando el rey Enrique VIII se autoproclamó Jefe Supremo de la Iglesia inglesa tras su divorcio de Catalina de Aragón. Al negarse a jurar el Acta de Supremacía, fue encarcelado en la Torre de Londres y sometido a un juicio por alta traición, donde defendió la libertad de la conciencia y la unidad de la Iglesia frente al poder estatal. Finalmente, fue decapitado el 6 de julio, pasando a la historia y a los altares —junto a su amigo San Juan Fisher— como mártir que eligió morir siendo «buen servidor del rey, pero primero de Dios».
