San Jorge, mártir

Aunque la imaginación popular vincula indisolublemente a San Jorge con la leyenda medieval de la princesa y el dragón en Libia, una narración nacida en la época de las Cruzadas para simbolizar el triunfo de la fe sobre el mal, la realidad histórica nos presenta a un hombre nacido en Capadocia alrededor del año 280. Su nombre, de origen griego, significa agricultor, pero su vida transcurrió en el ámbito militar dentro del ejército de Diocleciano. Cuando el emperador emitió el edicto de persecución contra los cristianos en el año 303, Jorge renunció a su carrera y bienes para profesar valientemente su fe, un acto de coherencia que le costó sufrir torturas y finalmente la decapitación. Su existencia real está respaldada por documentos antiguos, como un epígrafe del año 368 encontrado en Betania, y su tumba se venera en una basílica erigida en Lidda, cerca de la actual Tel Aviv.

Con el paso de los siglos, la figura del mártir sufrió una transformación cultural impulsada por los guerreros y cruzados, quienes vieron en la escena del dragón una metáfora de la derrota de los enemigos de la fe. Reyes como Ricardo Corazón de León y Eduardo III de Inglaterra fomentaron su culto, convirtiéndolo en el patrón de la caballería y, posteriormente, de soldados, scouts y arqueros. Esta devoción universal trascendió fronteras religiosas, llegando a ser respetado incluso por los musulmanes bajo el título de profeta. A pesar de que en 1969 la Iglesia convirtió su fiesta en una memoria facultativa debido a la escasez de datos biográficos precisos, su culto se mantiene vivo y sus reliquias, como el cráneo custodiado en la iglesia romana de San Jorge en el Velabro, siguen siendo objeto de veneración.

Más allá de la leyenda y la incertidumbre histórica, la función de San Jorge perdura como un poderoso recordatorio de que la lucha contra el mal es una constante en la historia humana. La imagen del santo abatiendo al dragón enseña que esta batalla no se gana en soledad, sino que es Dios quien actúa a través del hombre, ofreciendo la certeza esperanzadora de que, con Cristo, el mal nunca tendrá la última palabra.

San Adalberto, obispo de Praga y mártir

El primer obispo eslavo de Praga, Adalberto, estudió en Magdeburgo, intentó evangelizar la ciudad, pero la tarea era difícil y estaba solo; así que fue a Roma y se convirtió en monje benedictino. En 997 murió como mártir en la costa báltica.