San Vicente Ferrer, sacerdote dominico

San Vicente Ferrer, nacido en Valencia en el seno de la familia de un notario público, sintió el llamado religioso a temprana edad e ingresó a los diecisiete años en la Orden Dominicana, donde destacó en la enseñanza de lógica, filosofía y teología. Su trayectoria vital se desarrolló en el complejo escenario del Gran Cisma de Occidente, un periodo de profunda división en la Iglesia iniciado tras la muerte de Gregorio XI en 1378, que derivó en la coexistencia de papas en Roma y antipapas en Aviñón, e incluso un tercero elegido en Pisa, sumiendo a la cristiandad en una crisis que solo se resolvería con el Concilio de Constanza en 1417. En este contexto, Vicente colaboró estrechamente con el cardenal Pedro de Luna, quien llegaría a ser el antipapa Benedicto XIII, de quien fue confesor.

Un sueño místico en 1398 reorientó radicalmente su vida hacia la predicación itinerante, encomendándole la misión de evangelizar Europa durante dos décadas. Viajando a lomos de un burro y vistiendo únicamente el hábito dominico, recorrió regiones de Francia, Italia y España seguido por una multitud heterogénea de fieles a los que cautivaba con un estilo que mezclaba el ingenio con la severidad. Conocido como el Ángel del Apocalipsis por sus profecías sobre el fin del mundo y sus llamados a la conversión, vivió en constante penitencia y oración hasta su muerte, dejando un legado de exhortaciones centradas en la compasión, el perdón y el servicio al prójimo.

Santa Irene, virgen y mártir

Paz, caridad y pureza: así se hicieron bautizar las tres hermanas mártires en Tesalónica en el 304 bajo el gobernador Dulcecio, durante las persecuciones de Diocleciano. Irene es la última, culpable de haber escondido las Sagradas Escrituras y de no haber comido la comida ofrecida a los dioses.