Santos Pablo Miki, sacerdote, y Compañeros, mártires japoneses

Jesuita (1556-1597), primer religioso católico japonés, anuncia con coraje el Evangelio. Fue arrestado y crucificado en Nagasaki con otros 25 compañeros. Antes de morir, reitera que sólo en Jesús hay salvación, invitando a todos a seguir con alegría a Cristo y a perdonar a los enemigos.

Santa Dorotea, virgen y mártir

A finales del siglo III, en la región de Capadocia, vivía Dorotea, una joven que desde temprana edad se distinguió en la comunidad cristiana de Cesarea por su vida de oración, penitencia y caridad. Su fama de santidad llegó a oídos de Sapricio, un perseguidor de cristianos que ordenó encarcelarla con el fin de obligarla a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. Ante la firmeza de la joven, que no cedió ni siquiera bajo la amenaza de la hoguera, Sapricio intentó una estrategia psicológica: la confió a la custodia de Crista y Calista, dos mujeres que habían abjurado de su fe para salvar la vida, esperando que ellas la convencieran de hacer lo mismo. Sin embargo, el plan se volvió en su contra, pues fue Dorotea quien, con su testimonio, logró que ambas hermanas se convirtieran nuevamente a Jesús, aceptando el martirio antes que ella.

La tradición relata un milagro final ocurrido camino al suplicio. El juez Teófilo, quien la había condenado a ser decapitada, la desafió con sarcasmo pidiéndole que le enviara manzanas y rosas desde el jardín del cielo. Para asombro del magistrado, poco antes de la ejecución y en pleno invierno, un ángel se le apareció entregándole una cesta con tres rosas y tres manzanas frescas. Este prodigio conmovió de tal manera a Teófilo que se convirtió inmediatamente al cristianismo, aceptando la fe que momentos antes perseguía. Como consecuencia de esta repentina y pública profesión de fe, él también fue condenado a muerte, razón por la cual su memoria litúrgica quedó asociada para siempre a la de Santa Dorotea en el mismo día.