Fecha 7 de febrero

Beato Pio IX, papa

Conocido cariñosamente en su infancia en Senigallia como Juanito el bueno, Giovanni Maria mostró desde pequeño una singular mezcla de vivacidad y profunda religiosidad, reuniendo los viernes a los vecinos en torno al Crucifijo para comentar el Evangelio. Tras formarse con los Escolapios y en el Colegio Romano, fue ordenado en 1819, manteniendo durante toda su trayectoria eclesiástica —ya fuera como obispo de Spoleto, cardenal o Pontífice— la autopercepción de ser simplemente un sacerdote. Su hermano Gabriel lo definió acertadamente así, pues su única ambición, más allá de la púrpura, era ganar almas para Jesús y alcanzar la santidad personal, convicción que lo acompañó cuando en 1846 sucedió a Gregorio XVI bajo el nombre de Pío IX.

Su pontificado atravesó momentos de gran agitación política marcados por la unificación italiana. Los levantamientos de 1848 y la instauración de la República Romana de Mazzini lo forzaron al exilio en Gaeta, del cual pudo regresar en 1850 gracias a la intervención francesa y de príncipes católicos. Sin embargo, su gobierno tuvo que enfrentar la pérdida definitiva del poder temporal del Papado con la proclamación del Reino de Italia en 1861 y la conversión de Roma en capital en 1871.

Frente a estos desafíos y la incertidumbre de la época, Pío IX se refugió en la certeza de que la Iglesia podría ser atribulada pero nunca vencida. Fomentó la oración constante contra el error, componiendo súplicas a Jesús, Divino Maestro, para que destruyera las tramas de quienes buscaban seducir al pueblo con falsas sutilezas y sofismas mundanos. Su anhelo era que la luz de la gracia iluminara a los discípulos para desenmascarar las trampas de los malvados y mantenerse firmes en los dogmas de la fe, rechazando las máximas engañosas de los sabios de este mundo.