San Jerónimo Emiliani, fundador de los Somascos, patrón de los huérfanos y de la juventud abandonada

Perteneciente a la noble familia veneciana de los Emiliani, Jerónimo soñaba con la carrera militar hasta que, en 1511, su vida dio un giro drástico al caer prisionero durante el asedio de Castelnuovo di Quero. La dura experiencia del cautiverio, sumada al trauma infantil del suicidio de su padre, lo llevó a reencontrarse con la fe en medio del hambre y el miedo, prometiendo a la Virgen cambiar de vida si recuperaba la libertad. Una vez libre, cumplió su voto refugiándose en Treviso, donde un sacerdote le aconsejó frecuentar los sacramentos y la lectura de la Palabra, transformando así su mente y su corazón.

Su renovada identidad se puso a prueba durante la epidemia de peste de 1528 en Venecia, donde asistió a los enfermos hasta contagiarse él mismo y sanar milagrosamente. Tras hacerse cargo de sus sobrinos al morir su hermano Lucas, tuvo la intuición definitiva de su vocación: dedicarse a la juventud desamparada. Así, en 1533 fundó en Bérgamo la Compañía de los Siervos de los Pobres, estableciendo un método educativo innovador para la época que unía la oración y el trabajo en escuelas de artes y oficios destinadas a rescatar a los huérfanos de la guerra y la miseria.

Falleció víctima de la peste en 1537, entregando su vida en el servicio que él mismo había iniciado. Su obra perduró transformándose en la Orden de los Clérigos Regulares de Somasca, nombre tomado del lugar que el arzobispo de Milán le había asignado y donde todo comenzó. Canonizado en 1767 y declarado patrón de la juventud abandonada en 1928, su legado se mantiene vivo bajo la protección de María, venerada en su carisma como Madre de los huérfanos.

Santa Josefina Bakhita, virgen

Su infancia se vio truncada abruptamente a los nueve años cuando fue secuestrada por comerciantes de esclavos, un trauma tan profundo que le hizo olvidar su propio nombre y el de sus padres. Irónicamente, sus captores decidieron llamarla Bakhita, que significa afortunada, mientras la vendían como mercancía en los mercados de Sudán. Su calvario incluyó ser propiedad de un general turco que marcó su cuerpo a fuego con un tatuaje de ciento catorce cortes cubiertos de sal, dejando cicatrices imborrables en su piel como recuerdo de una década de inhumana brutalidad. Sin embargo, un rayo de luz iluminó aquel infierno en 1882 cuando fue adquirida por el cónsul italiano Calixto Legnani, quien la trató con una bondad inédita para ella. Ante la amenaza de la revolución mahdista, Bakhita tuvo el valor de pedirle que la llevara con él a Italia, aterrizando en 1884 en la península donde se convirtió en la niñera de Alice Michieli.

Fue durante una estancia con las Hermanas Canossianas de Venecia cuando comenzó a sanar su alma y conoció a Jesús, recibiendo el bautismo en 1890 con el nombre de Josefina Margarita Fortunata. Profesó sus votos religiosos y sirvió durante cuarenta y cinco años en el convento de Schio como cocinera, sacristana y portera, ganándose el cariño de la gente que la llamaba cariñosamente la hermana morena por su bondad y su eterna sonrisa. Falleció el 8 de febrero de 1947 a causa de una pulmonía, dejando un testimonio de perdón radical al afirmar que, si encontrara a sus torturadores, se arrodillaría a besarles las manos, pues gracias a aquella dolorosa travesía llegó a ser cristiana y religiosa, encontrando así la verdadera fortuna que su nombre presagiaba.