Santo Tomás Becket (1118-1170), nacido en Londres de familia normanda, protagonizó una extraordinaria transformación espiritual que lo llevó de ser el canciller y hombre de confianza del rey Enrique II —disfrutando de los privilegios del poder secular— a convertirse en el arzobispo de Canterbury y defensor inquebrantable de la libertad de la Iglesia. Su nombramiento en 1161, promovido paradójicamente por el propio monarca para controlar al clero, tuvo el efecto contrario: Tomás asumió su rol de pastor con total fidelidad a Dios, oponiéndose a las Constituciones de Clarendon y rechazando someter la autoridad espiritual al poder real, lo que rompió su antigua amistad con el soberano y lo forzó a un exilio de seis años en Francia. A su regreso, el conflicto culminó en tragedia cuando cuatro caballeros, interpretando el deseo del rey de librarse de aquel «obispo incómodo», lo asesinaron brutalmente en el interior de su catedral el 29 de diciembre; Becket murió aceptando el martirio sin renegar de su fe, afirmando ser «sacerdote de Dios» y no un traidor, un sacrificio que conmovió a la cristiandad y llevó al Papa Alejandro III a canonizarlo tan solo tres años después.