Según el relato del evangelista Mateo, la conmemoración de los Santos Inocentes tiene su origen en la cruel decisión del rey Herodes quien, temeroso de perder su trono ante el recién nacido «Rey de los Judíos» y enfurecido tras ser evadido por los Reyes Magos, ordenó la matanza sistemática de todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores. La Iglesia venera a estas víctimas como la «pequeña vanguardia» del ejército de mártires, definidos poéticamente como «flores martyrum» que, sin tener aún la capacidad de hablar o combatir, confesaron a Cristo con su propia sangre, obteniendo la palma de la victoria por el puro don de la gracia. Este episodio, símbolo eterno de cómo la sed de poder puede aplastar a los más vulnerables, es actualizado por el Papa Francisco, quien exhorta a escuchar el «gemido de dolor» de las madres actuales y a proteger a la infancia de los «nuevos Herodes» de nuestro tiempo —la guerra, la explotación laboral, la esclavitud y la prostitución—, al tiempo que llama a la Iglesia a pedir perdón y llorar por los pecados de abuso cometidos por algunos de sus miembros contra los menores.