San Francisco Caracciolo, sacerdote, fundador de los Clérigos Regulares Menores

San Francisco Caracciolo, nacido como Ascanio en el seno de una familia noble y conocido posteriormente como el Santo de la Eucaristía, descubrió su verdadera vocación tras padecer una grave enfermedad a los veintidós años que le llevó a renunciar a sus riquezas terrenales para dedicarse al sacerdocio y al cuidado de los enfermos y condenados a muerte en Nápoles. Su labor fundacional surgió de un providencial error en la entrega de una carta, lo que le llevó a redactar las constituciones de una nueva orden religiosa junto a otros clérigos, añadiendo a los votos tradicionales un cuarto compromiso de no aceptar dignidades eclesiásticas. A pesar de los fracasos iniciales y la hostilidad encontrada durante sus misiones en España, donde llegó a ser amenazado por el rey Felipe II, logró finalmente expandir su obra y se distinguió por sus dotes de profecía y discernimiento de espíritus. Recordado con apodos como el cazador de almas o el hombre de bronce por su incansable caridad y austeridad, centró su espiritualidad en la adoración continua al Santísimo Sacramento, falleciendo en 1608 durante una peregrinación a Loreto y siendo canonizado casi dos siglos después por Pío VII.
San Quirino, mártir: su cuerpo reposa en San Sebastián



Poco se sabe de Quirino, llamado «de Tívoli» porque sus restos reposaban en la Basílica de San Lorenzo. Se supone que fue el obispo de Siscia, en Croacia: encarcelado en el año 309 durante las persecuciones de Diocleciano, quien habría logrado convertir al carcelero antes de ser martirizado.
