Santa Rosa de Viterbo, virgen franciscana

Rosa de Viterbo nació en 1233 con una grave malformación ósea, la falta de esternón, que según los pronósticos médicos debía haberle causado la muerte en la primera infancia. Sin embargo, vivió hasta los dieciocho años, convirtiendo su fragilidad en una ofrenda de gratitud a Dios. Al no poder ingresar en las Clarisas por su salud, se hizo terciaria franciscana, dedicándose a la penitencia y la caridad en medio de la violenta disputa entre güelfos y gibelinos. Su firme apoyo al papado frente al emperador Federico II le costó el exilio familiar a Soriano en el Cimino, del cual solo pudieron regresar tras la muerte del soberano en 1250.
A su muerte en 1251, fue enterrada humildemente en tierra desnuda, pero el Papa Alejandro IV, tras recibir mensajes de la joven en sueños, ordenó el traslado de sus restos a la iglesia de las Clarisas, donde su cuerpo se conserva incorrupto tras haber sobrevivido milagrosamente a un incendio en 1357. Aunque su proceso de canonización sufrió varias interrupciones históricas, su culto se consolidó y su nombre fue inscrito en el martirologio romano en 1583. Actualmente, Viterbo celebra su fiesta el 4 de septiembre con el transporte de la Máquina de Santa Rosa, una colosal estructura reconocida por la UNESCO que conmemora el traslado de sus reliquias.
Santa Coletta Boylet, virgen franciscana, fundadora de las Clarisas pobres



En el contexto del Gran Cisma de Occidente, surgió la figura de Coleta Boylet como un faro de renovación monástica. Nacida en 1381 de una madre que contaba ya con sesenta años, su llegada fue vista como un milagro atribuido a San Nicolás de Bari, de quien tomó el nombre. Desde muy niña, a los nueve años, sintió la llamada divina para reformar la orden de las Clarisas, aunque el camino para cumplir esta misión fue largo y sinuoso. Tras quedar huérfana a los dieciocho años, probó suerte en diversas formas de vida religiosa y caritativa, desde el servicio hospitalario hasta la vida benedictina, sin encontrar la plenitud que su espíritu anhelaba.
Su búsqueda culminó en una experiencia radical: se hizo emparedar en una pequeña habitación anexa a una iglesia, viviendo como reclusa entre 1402 y 1406 bajo la regla de la Tercera Orden Franciscana. Fueron años de oración, penitencia y profundas dudas interiores que finalmente se disiparon al comprender que aquel sufrimiento era la preparación necesaria para su obra. En 1406, tras recibir el velo de manos de Benedicto XIII, inició la reforma devolviendo a la Orden a la austeridad y pobreza de los orígenes, tal como lo había estipulado Santa Clara. Su labor, centrada en la oración y la penitencia por la unidad de la Iglesia, se expandió rápidamente con la fundación de numerosos monasterios y fue aprobada finalmente por el Papa Pío II, dejando un legado de cerca de ciento cuarenta comunidades que perduran hasta hoy.
