San Lucio I, papa

Elegido en 253, fue obligado al exilio. Al volver a Roma, se opone al rigor de los novacianos que rechazan la readmisión en la Iglesia de los cristianos que habían adorado ídolos para evitar la persecución. Lucio establece su reintegración a la comunidad después de las prácticas penitenciales.  

San ADRIÁN, MÁRTIR

Nacido cerca de Rovigo en 309, desde muy joven se comprometió con la evangelización que lo llevaría a Cesarea, Palestina, para apoyar a las poblaciones locales agotadas por el hambre y la persecución. Identificado, fue martirizado en Cesarea junto con San Eubulo durante el imperio de Diocleciano.  

San Juan José de la Cruz, sacerdote franciscano

Carlos Gaetano Calosirto nació en una familia acomodada y profundamente religiosa de la isla de Ischia, lo que marcó su camino de fe desde la infancia. Educado por los Agustinos, sintió muy pronto la llamada de Jesús y, con solo dieciséis años, ingresó en el convento de Santa Lucía al Monte en Nápoles. Allí adoptó el nombre de Juan José de la Cruz y abrazó la austera regla de los Frailes Menores Descalzos de la Reforma de San Pedro de Alcántara, conocidos como alcantarinos, llegando al extremo de renunciar para siempre al uso de calzado y destacando por su labor en la restauración de la disciplina religiosa en numerosos conventos.

Su vida estuvo marcada tanto por la responsabilidad como por la prueba. Como Provincial, gestionó durante dos décadas la difícil separación entre los alcantarinos españoles e italianos, enfrentando críticas y calumnias con un voto de silencio y una confianza inquebrantable en que Dios permite todo para el bien. Fundó el monasterio de Piedimonte con su ermita La Soledad, pero su corazón siempre estuvo con los más necesitados. Conocido popularmente como Fray Cien Parches por vestir un único hábito remendado que él consideraba su uniforme de gala, se dedicó a asistir material y espiritualmente a los pobres, acompañado de dones carismáticos como la bilocación, la profecía y curaciones milagrosas.

Su espiritualidad estaba intrínsecamente ligada a una devoción filial a la Virgen María, a quien consultaba cada decisión mirando una pequeña imagen en su escritorio. Su confianza en ella era tal que sus últimas palabras antes de morir el 5 de marzo de 1734 fueron una recomendación a la Virgen. Fue canonizado en 1839 por Gregorio XVI junto a grandes figuras que lo conocieron y respetaron en vida, como San Alfonso María de Ligorio, siendo venerado hoy como copatrón de Ischia.