San Egidio, abad

San Egidio, anacoreta y abad de la época merovingia, se retiró a los bosques del sur de Francia para vivir en austeridad y oración, sostenido —según la tradición— por la leche de una cierva. Su vida eremítica dio un giro cuando, al proteger al animal de una flecha durante una cacería del rey Flavio, recibió como reparación unas tierras donde fundó la célebre Abadía que lleva su nombre. Convertido en padre espiritual y gran evangelizador del Languedoc, falleció en el año 720 con fama de gran taumaturgo; su culto se extendió por toda Europa, llegando hasta Italia, donde en la localidad de Latrónico se venera aún hoy el prodigio del «maná» que brota de su imagen.
