20/07/26

San Apolinar, obispo de Ravena y mártir

San Apolinar, nativo de Antioquía y discípulo directo del apóstol Pedro, fue enviado por este desde Roma a la estratégica zona portuaria de Classe para evangelizar, convirtiéndose así en el primer obispo de Rávena. Su ministerio pastoral, que según la tradición se extendió durante casi treinta años, estuvo marcado por una poderosa elocuencia y la realización de milagros, así como por una valiente oposición a la idolatría, llegando a sugerir que el oro de las estatuas paganas debía destinarse a los pobres. Perseguido bajo el mandato del emperador Vespasiano por negarse a silenciar su predicación, sufrió el martirio tras ser brutalmente golpeado al regresar de una visita a una leprosería; su legado perdura monumentalmente en Rávena, donde se erigen en su honor las basílicas de San Apolinar in Classe y San Apolinar el Nuevo.

San Elías, profeta

El profeta Elías, surgido en el siglo IX a.C. como un fuego ardiente en tiempos del rey Acab, hizo honor a su nombre —»El Señor es mi Dios»— dedicando su vida a combatir la idolatría de Baal y a restaurar la fe de Israel, prefigurando con su austeridad y celo a San Juan Bautista. Protagonista del dramático desafío en el Monte Carmelo, donde el Dios verdadero respondió a su sacrificio con fuego, experimentó también la fragilidad humana y la persecución de la reina Jezabel, lo que le llevó a peregrinar hasta el Monte Horeb; allí aprendió a reconocer la presencia divina no en el estruendo, sino en el susurro de una brisa ligera. Tras ejercer como defensor de la justicia y protector de los humildes, como en el caso de la viuda y su hijo, concluyó su misión terrena ascendiendo al cielo en un carro de fuego y legando su manto a Eliseo, convirtiéndose en modelo perenne de búsqueda de Dios e inspiración fundacional para la orden del Carmelo.

San Aurelio, obispo de Cartago

En el 391 o 92 Aurelio es obispo en Cartago. La Iglesia local está desunida por crisis internas y por la división perpetrada por el intransigente obispo Donato. Aurelio revitaliza la Iglesia respaldando al futuro gran Santo, Agustín. En cada decisión busca la sintonía con Roma. Muere en el 430.