San Tomás, apóstol

Santo Tomás Apóstol, conocido como Dídimo o el Mellizo, ha pasado a la historia por su inicial incredulidad ante la Resurrección, exigiendo tocar las heridas de Jesús para creer; sin embargo, el relato bíblico revela en él a un discípulo de fe profunda y valiente, dispuesto a morir con el Maestro y protagonista de una de las confesiones cristológicas más intensas al exclamar «Señor mío y Dios mío». Tras recibir de Jesús la bienaventuranza para aquellos que creen sin haber visto, Tomás compensó su falta de instrucción con un ardiente amor misionero que lo llevó a evangelizar Siria, Edesa y Mesopotamia, fundando comunidades en Babilonia antes de viajar hasta la India y, según la tradición, llegar incluso a China. Su entrega al Evangelio culminó con el martirio en el año 72 en la actual Chennai, donde fue atravesado por una lanza, y sus reliquias se veneran hoy en la ciudad italiana de Ortona.
San León II, papa



San León es elegido Papa en el año 682. Sube al solio 18 meses después, porque en esa época el “sí” al nombramiento lo daba el Emperador de Oriente. Combate las herejías sobre la naturaleza de Cristo y reconduce la Iglesia de Ravena, tentada por un cisma, a la unidad. Está sepultado en San Pedro.
San Eutiquio, mártir



En el siglo IV, Eutiquio fue condenado al martirio por la prolongada privación de comida y sueño, y finalmente fue arrojado a un barranco. Lo que sabemos de él está escrito en el epitafio que el Papa Dámaso colocó en su tumba en el cementerio de San Sebastián, en la Vía Appia de Roma.
