San Agustín, arzobispo de Canterbury

En un contexto histórico marcado por el retorno de Bretaña a la idolatría tras las invasiones de los pueblos germánicos paganos en los siglos V y VI, el Papa San Gregorio Magno impulsó una nueva evangelización de estas tierras aprovechando la apertura del rey Etelbert de Kent, influenciado por su esposa cristiana Berta. Para esta misión eligió al benedictino Agustín, prior del convento del Celio, quien partió en el año 597 al frente de cuarenta monjes; aunque el temor ante la ferocidad de los bárbaros le hizo intentar desistir durante su escala en Francia, fue alentado por el Pontífice, quien lo consagró Arzobispo de Arles para fortalecer su autoridad. Tras desembarcar en la isla de Thanet y establecerse en Canterbury bajo la protección real, Agustín optó por una estrategia pastoral suave que integraba ciertas tradiciones locales, logrando un éxito rotundo que culminó con el bautismo del rey y de más de diez mil sajones en un solo año. Reconocido por el Papa con el palio de Metropolita de Inglaterra y habiendo consagrado nuevos obispos para Londres y Rochester, San Agustín falleció en 604, siendo sepultado en Canterbury y venerado como el gran restaurador de la fe en la región.