San Francisco de Paola, eremita, fundador de la Orden de los Mínimos

Nacido en Paula, Italia, en 1416, Francisco experimentó desde niño la intervención divina cuando, tras sufrir una grave infección ocular, fue sanado por intercesión de San Francisco de Asís. Cumpliendo un voto de gratitud, ingresó muy joven a la vida religiosa, pero fue una peregrinación a Roma lo que definió su vocación: al presenciar el lujo de la corte papal, comprendió que ese no era el camino de Jesús, lo que encendió en él un espíritu reformador. Regresó a su tierra para vivir como ermitaño en total austeridad, atrayendo pronto a numerosos seguidores y nobles locales que ayudaron a construir su primer oratorio. Su movimiento creció rápidamente, logrando el reconocimiento oficial del Papa Sixto IV en 1474 como la Congregación eremítica de San Francisco de Asís.
Su vida estuvo marcada por la defensa de los pobres frente a los abusos de poder y por prodigios extraordinarios, como la multiplicación de pan para obreros hambrientos o el célebre milagro en el que cruzó el estrecho de Mesina navegando sobre su propio manto tras la negativa de un barquero a llevarlo. Su fama llegó hasta el rey Luis XI de Francia, quien, enfermo, solicitó su presencia. Aunque Francisco acudió por pura obediencia papal y no curó físicamente al monarca, su estancia de veinticinco años en Francia fue decisiva, suavizando las relaciones entre la corona y el papado y consolidando la expansión de su obra con la fundación de la rama femenina y la Tercera Orden.
Francisco falleció en Tours el 2 de abril de 1507. Su santidad fue tan patente que el Papa León X —a quien el santo había profetizado su elección pontificia cuando este era solo un niño— lo canonizó apenas doce años después, en 1519. Trágicamente, en 1562, durante las guerras de religión, su tumba fue profanada por hugonotes que quemaron su cuerpo incorrupto, por lo que hoy solo se conservan unas pocas reliquias en los conventos de la Orden de los Mínimos.
Santa María Egipciaca, penitente



Nacida en Alejandría, a los 12 años, María Egipcíaca huyó de su casa para ser prostituta. A los 29, en Jerusalén, una voz interior le impidió entrar en la Basílica. Se arrepintió y se fue al desierto, más allá del Jordán, donde vagó durante 47 años y donde recibió la Eucaristía del monje Zósimo.
