Beato Juan da Fiesole, sacerdote dominico

Con la firme convicción de que quien realiza las obras de Cristo debe vivir siempre con Él, Guido di Pietro, conocido mundialmente como el Beato Angélico, transformó la pintura en una elevada forma de oración. Nacido en la Toscana a finales del siglo XIV, ingresó junto a su hermano en el convento dominico de Fiesole, donde su talento artístico innato se fusionó con una profunda vocación contemplativa, entendiendo su arte no como un fin en sí mismo, sino como un instrumento de alabanza a la Belleza suprema que es Dios.

Su obra representa una síntesis perfecta entre el humanismo renacentista y la espiritualidad medieval, logrando una unión armónica entre la perspectiva rigurosa y la luz mística. Se cuenta que pintaba en actitud de adoración, sin retocar jamás sus trazos por considerarlos voluntad divina, y que las lágrimas brotaban de sus ojos al representar la crucifixión. Esta sensibilidad conmovió a pontífices como Eugenio IV y Nicolás V, quienes le encargaron frescos en el Vaticano, sumándose a sus obras maestras en el convento de San Marcos en Florencia y la catedral de Orvieto.

A pesar de la fama y la posibilidad de riqueza, Fray Juan mantuvo siempre una humildad inquebrantable, llegando a rechazar la sede episcopal de Florencia. Falleció en 1455 en el convento romano de Santa María sopra Minerva, donde reposan sus restos. Siglos después, reconociendo su santidad y la trascendencia de su legado, Juan Pablo II lo beatificó en 1982 y lo proclamó Patrono Universal de los Artistas en 1984.