Beata Ludovica Albertoni, viuda romana

Nacida en 1474 en el seno de una familia patricia romana, Ludovica Albertoni experimentó desde joven las pesadas obligaciones de su estatus al tener que renunciar a su verdadera vocación religiosa. Huérfana de padre a los dos años y criada por su abuela y tías en la fe católica, fue obligada a los veinte años a contraer matrimonio con el noble Giacomo della Cetera, un hombre de carácter rudo e inestable. A pesar de las dificultades de esta unión impuesta, Ludovica se mantuvo como una esposa fiel y madre de tres hijas, aunque en su interior anhelaba pertenecer totalmente a Dios, un deseo que pudo cumplir plenamente tras la muerte de su esposo.

Al enviudar a los treinta y dos años, dio un giro radical a su existencia: tras resolver las disputas de herencia y asegurar el patrimonio de sus hijas, donó sus propios bienes y abrazó la pobreza como Terciaria Franciscana. Vinculada espiritualmente a los Frailes Menores de la iglesia de San Francisco a Ripa, se dedicó en cuerpo y alma a rescatar de la calle a las jóvenes abandonadas, educándolas y enseñándoles un oficio honesto. Su caridad heroica le valió el sobrenombre de Madre de los pobres, especialmente durante el trágico saqueo de Roma en 1527, cuando abrió las puertas de su casa para socorrer al pueblo devastado.

Falleció a los sesenta años y fue sepultada, según su voluntad, en la Capilla de Santa Ana en el Trastevere. Su fama de santidad fue inmediata, alimentada tanto por su inmensa bondad como por los fenómenos místicos de éxtasis y levitación que experimentó en vida, momentos sublimes que el artista Gian Lorenzo Bernini inmortalizó magistralmente en una célebre escultura barroca. Beatificada por Clemente X en 1671, Ludovica es venerada hoy como Copatrona de Roma, recordada como aquella mujer noble que decidió dejar de pertenecer al mundo para ser propiedad exclusiva de Cristo.

Santa Brígida, abadesa en Irlanda

Fiel proseguidora de la obra evangelizadora de San Patricio, fue la fundadora de uno de los primeros monasterios de Irlanda en Kildare, cerca de Dublín, donde fue abadesa de las ramas masculina y femenina. En la Edad Media los peregrinos la invocaban: «Santa Brígida, protégenos en nuestro viaje».