Santa Inés, virgen y mártir

El nombre de Inés, que en griego significa pura o casta, es considerado por los historiadores como un sobrenombre que identifica a una de las mártires más veneradas, víctima del odio anticristiano desatado por el emperador Diocleciano hacia el año 304. Según la tradición, su martirio se originó por el rechazo al hijo del Prefecto de Roma, ya que la joven de apenas trece años había hecho voto de castidad a Cristo y se negaba a unirse al noble. La represalia fue cruel: tras rechazar entrar en el círculo de las vestales, fue enviada a un prostíbulo en la Piazza Navona, donde los relatos hagiográficos aseguran que, gracias a una protección superior, logró custodiar su pureza intacta incluso en esa terrible situación.
El odio contra ella culminó en una condena a la hoguera, pero al ver que las llamas no la tocaban, fue ejecutada con un golpe de espada en la garganta, sufriendo el mismo destino que los pequeños ovinos. Esta forma de muerte explica por qué la iconografía la representa siempre acompañada de un cordero y por qué cada 21 de enero, en su fiesta litúrgica, se bendice una pareja de estos animales cuya lana es utilizada posteriormente por las religiosas para confeccionar los palios sagrados que el Papa impone a los nuevos arzobispos metropolitanos.
Actualmente, sus restos reposan en una urna de plata encargada por Pablo V dentro de la Basílica de la Via Nomentana, la cual fue mandada construir por la princesa Constantina sobre las catacumbas originales. Su figura perdura en la memoria de la Iglesia tal como la describió San Ambrosio, quien afirmó que su consagración fue superior a su edad y su virtud superior a la naturaleza, siendo su propio nombre no una elección humana, sino una predicción de su martirio.
