San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia

San Bernardo de Claraval, figura cumbre del monacato occidental del siglo XII y conocido como el «Doctor Melífluo», transformó la orden cisterciense tras fundar la abadía de Claraval, arrastrando consigo a numerosos familiares hacia la vida contemplativa. Su teología mística se erigió sobre dos pilares inquebrantables: un cristocentrismo apasionado —donde el nombre de Jesús era «miel en la boca»— y una tierna devoción mariana que veía en la Virgen la guía segura hacia Dios. Autor de obras trascendentales como De diligendo Deo, donde trazó los cuatro grados del ascenso espiritual del amor, y defensor de la naciente orden de los Templarios, fue canonizado en 1174 y exaltado por Pío XII como el último de los Padres de la Iglesia, cuya doctrina igualaba en profundidad a la de los antiguos maestros.
San Samuel, profeta
El primer libro de Samuel lo muestra como el primer profeta y último juez de Israel. Su madre era estéril pero oró intensamente para tener un hijo. Dios le concedió Samuel alrededor del 1070 aC. y ella lo consagró al Señor. Ungió como rey primero a Saúl y luego al David, de cuyo linaje nacerá Jesús.
Santa María de Mattias, virgen, fundadora de las Hermanas Adoratrices de la Preciosísima Sangre

Cuando se encontró con san Gaspar del Búfalo en Vallecorsa, un pobre pueblo del Estado Pontificio, la vida de María cambió a los 17 años. Con su acción misionera evangelizó toda la Chiocharía a lomos de una mula. En 1834 fundó las Hermanas Adoratrices de la Sangre de Jesús, dedicadas a la educación.
