Santos Nereo y Achileo, mártires en la via Ardeatina

Gracias al testimonio escrito por el Papa San Dámaso en el siglo IV, la historia recuerda a Nereo y Aquiles, dos soldados pretorianos que servían bajo el mando del emperador Diocleciano. Su vida dio un giro radical cuando, iluminados por la gloria divina y rechazando la violencia de las órdenes que ejecutaban por temor, experimentaron una profunda conversión. En un acto de valentía y coherencia de fe, decidieron desertar, despojándose de sus armaduras y abandonando sus armas manchadas de sangre para seguir a Cristo.

Este abandono de la milicia terrenal les condujo al martirio por decapitación alrededor del año 304. Sus restos fueron sepultados en el cementerio de Domitila en la Vía Ardeatina, cercanía que propició leyendas que los vinculaban a la sobrina de Domiciano. Venerados desde la antigüedad, su memoria litúrgica se celebra el día que conmemora el traslado de sus reliquias, perpetuando el recuerdo de su sacrificio y su tránsito de la guardia imperial a la milicia de Dios.

San Pancracio, mártir en la via Aurelia

Es uno de los tantos mártires-niños de la Iglesia. San Pancracio, romano, se convierte al cristianismo, razón por la cual termina en la red de la persecución de Diocleciano. Rehúsa renegar a Cristo y es condenado a la decapitación en el año 304. Es patrono de los jóvenes de la Acción Católica.  

San Germán de Costantinopla, obispo

Nacido en Constantinopla alrededor del año 634 en el seno de una familia senatorial, San Germán dedicó su vida al servicio eclesiástico, ascendiendo desde presbítero y decano de Santa Sofía hasta convertirse en Patriarca de Constantinopla en el año 715. Su trayectoria estuvo marcada por una firme defensa de la ortodoxia y la pureza de la fe, destacando su papel en el Sínodo Trulano de 692, aunque su camino no estuvo exento de presiones políticas, como el incidente de 712 relacionado con la herejía monotelista que logró superar para reafirmarse posteriormente como una columna indispensable de la Iglesia católica.

Su enfrentamiento más trascendental fue contra el emperador León III el Isaurio y la herejía iconoclasta. Cuando en 725 el emperador prohibió el culto a las imágenes sagradas por considerarlo idolatría, Germán se opuso rotundamente, defendiendo que los iconos eran una manifestación legítima de la encarnación divina y la belleza de la fe, una postura que contó con el respaldo del Papa Gregorio II. Esta valiente resistencia ante el poder imperial le costó el cargo y lo obligó a retirarse a un autoexilio en Platanión, donde falleció en santidad y avanzada edad.

Aunque gran parte de su obra fue destruida por orden del emperador, los escritos que sobrevivieron revelan a un mariólogo excepcional y adelantado a su tiempo. Sus homilías sobre la Virgen María han marcado la piedad de generaciones tanto en Oriente como en Occidente, y su teología es considerada precursora de dogmas modernos como la Inmaculada Concepción y la Asunción, siendo citado explícitamente por el Papa Pío XII en 1950 al definir este último dogma.