San Nuncio Sulpricio, jóven obrero de Nápoles

«Estad siempre con el Señor, porque todo lo bueno viene de Él. Sufrid por amor de Dios y con alegría». Estas palabras definen la espiritualidad de Nuncio Sulprizio, un joven nacido en Abruzzo cuya corta vida estuvo marcada por la adversidad desde la infancia. Huérfano a los seis años y criado brevemente por su abuela, pasó luego a cargo de un tío herrero que lo sometió a trabajos forzados inhumanos para su edad. Soportando cargas pesadas y largas caminatas a la intemperie sin quejarse, Nuncio unió sus fatigas a la Pasión de Cristo, incluso cuando una herida en el pie derivó en gangrena y fue rechazado por los aldeanos, encontrando su único refugio espiritual junto a un manantial en Riparossa donde meditaba el Rosario.
Su traslado a Nápoles en 1831 marcó un giro en su vida gracias al encuentro con el coronel Félix Wochinger, quien lo acogió como a un hijo en el Maschio Angioino y le procuró cuidados médicos. A pesar de la breve mejoría y de vivir un periodo de intensa profundización en la fe y la oración, llegando a establecer una regla de vida propia, la enfermedad avanzó hacia un cáncer de huesos incurable. Nuncio afrontó el desenlace con una madurez extraordinaria, consolando a su padre adoptivo y ofreciendo sus terribles dolores por la Iglesia y las conversiones, hasta fallecer el 5 de mayo de 1836 con tan solo diecinueve años, momento en el que su cuerpo llagado exhaló un milagroso perfume de rosas.
