Santa Catalina de Suecia, virgen, hija de Santa Brígida

Nacida en Suecia en 1331, Catalina creció inmersa en la fe y la caridad gracias al ejemplo de su madre, Santa Brígida, con quien visitaba hospitales desde niña. A pesar de su inclinación a la vida religiosa, obedeció a su padre al contraer matrimonio con Edgar von Kyren a los catorce años, logrando sin embargo convivir con él en castidad y oración. Tras reunirse con su madre en Roma para el Año Santo de 1350, enviudó y atravesó un periodo de profunda inquietud y nostalgia, debiendo protegerse de pretendientes no deseados mientras discernía su futuro.
Una visión de la Virgen María la confirmó en su misión de apoyar totalmente la labor de su madre. Durante dos décadas, ambas compartieron en Roma una vida de austeridad, catequesis y peregrinación. Tras el fallecimiento de Brígida en 1373, Catalina trasladó sus restos al monasterio de Vadstena, donde profesó como religiosa y se convirtió en abadesa.
Sus últimos años los dedicó a la consolidación de la obra materna, regresando a Roma para gestionar la aprobación de la Regla de la Orden del Santísimo Salvador, concedida por Urbano VI en 1378, y para promover la causa de canonización de su madre. Cumplida su misión, retornó a Vadstena, donde falleció el 24 de marzo de 1381.
San Oscar Romero



La figura de San Óscar Arnulfo Romero se yergue como un faro de justicia y fe en la convulsa historia de El Salvador. Nacido en 1917 en el seno de una familia humilde, su vocación sacerdotal lo llevó a estudiar en Roma y a desempeñar diversos cargos eclesiásticos antes de ser nombrado Arzobispo de San Salvador en 1977. Aunque inicialmente su nombramiento generó dudas por su perfil conservador y contemplativo, el asesinato de su amigo, el jesuita Rutilio Grande, marcó un punto de inflexión decisivo en su vida. Ante la brutal represión y la injusticia social que desangraban a su país, Romero asumió el rol de profeta y defensor de los pobres, convirtiéndose en «la voz de los sin voz».
Su ministerio arzobispal, que duró apenas tres años, fue un constante calvario de persecución y amenazas. A pesar del boicot a sus homilías, de la marginación por parte de sectores eclesiásticos y del peligro inminente, Romero nunca cesó en su denuncia de la violencia institucional y en su llamado a la conversión y la justicia. Su compromiso evangélico culminó el 23 de marzo de 1980 con la célebre «Homilía de fuego», en la que ordenó a los soldados, en nombre de Dios, detener la represión.
Al día siguiente, mientras celebraba la Eucaristía en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, fue asesinado de un disparo en el corazón por un francotirador. Su sacrificio, lejos de silenciar su mensaje, lo convirtió en «San Romero de América» para su pueblo, un título ratificado por la Iglesia cuando el Papa Francisco lo beatificó en 2015 y canonizó en 2018, reconociendo no solo su martirio físico, sino también el martirio moral sufrido por las calumnias posteriores a su muerte.
