San Gabriel de la Dolorosa clérigo pasionista

Francisco Possenti, conocido familiarmente como Quequino, nació en Asís en 1838 en el seno de una familia acomodada y numerosa. Aunque recibió una sólida formación de fe y estudió con los jesuitas en Spoleto, durante su adolescencia se sintió atraído por la vida mundana, disfrutando del teatro, el baile y la literatura, destacando por su carácter vivaz y elegante. Sin embargo, la temprana pérdida de su madre y la posterior muerte de su querida hermana María Luisa a causa del cólera lo sumieron en una profunda reflexión sobre la fragilidad de la felicidad terrenal.

El momento decisivo de su conversión ocurrió el 22 de agosto de 1856. Durante una procesión de la Asunción en Spoleto, sintió que la imagen de la Virgen le hablaba directamente al corazón, instándole a dejar esa vida que no era para él y a seguir su verdadera vocación. Con solo dieciocho años, y venciendo la resistencia paterna, ingresó en la orden de los Pasionistas, adoptando el nombre de Gabriel de la Dolorosa. Desde el noviciado manifestó una alegría espiritual inmensa, asegurando que no cambiaría ni un cuarto de hora de oración por todas las diversiones de su pasado.

En 1859 fue enviado al convento de Isola del Gran Sasso para prepararse para el sacerdocio. Allí profundizó en su ascetismo y en su devoción a la Virgen Dolorosa y a los pobres. A pesar de recibir las órdenes menores, su salud se deterioró rápidamente debido a la tuberculosis. Falleció santamente el 27 de febrero de 1862, a los veinticuatro años, abrazado a la imagen del Crucificado y de la Dolorosa, habiendo encontrado en la vida religiosa la plenitud que el mundo no pudo ofrecerle.

San Gregorio de Narek

Gregorio de Narek, nacido a mediados del siglo X en la región histórica de Vaspurakan, es una de las figuras cumbres de la espiritualidad armenia. Huérfano de madre a temprana edad y educado por su tío Ananías en el monasterio de Narek, Gregorio creció en un ambiente de profunda erudición, nutriéndose tanto de las Sagradas Escrituras como de la filosofía helenista. Su vida monástica, marcada por la contemplación y el estudio, lo llevó a convertirse en sacerdote y abad, reformando el monasterio que le dio nombre y creando una obra teológica que el escritor Archag Tchobanian compararía siglos después con una tormenta noblemente áspera y suavemente terrible.

Su producción literaria fue vasta, incluyendo comentarios bíblicos e himnos litúrgicos, pero destaca especialmente por una sensibilidad mariana que parecía anticipar el dogma de la Inmaculada Concepción, teñida por la añoranza personal de la figura materna. Sin embargo, su legado inmortal reside en el Libro de las Lamentaciones, una obra maestra compuesta al final de su vida que se convirtió en lectura esencial para el pueblo armenio. En este texto, Gregorio revolucionó la literatura espiritual al romper con los cánones rígidos de su tiempo, utilizando el ritmo y la repetición para entablar un diálogo directo y libre con Dios, donde la palabra humana intenta alcanzar el silencio divino.

Fallecido alrededor del año 1010, su tumba fue lugar de peregrinación durante ocho siglos hasta su destrucción en el genocidio de 1915. Su relevancia universal fue sellada el 12 de abril de 2015, cuando el Papa Francisco lo proclamó Doctor de la Iglesia. El Pontífice destacó su capacidad para asumir voluntariamente las culpas de la humanidad en un gesto de solidaridad absoluta, transformando el dolor y el pecado en una súplica de misericordia que no pide el castigo de los enemigos, sino su conversión y el bien para todos los hombres.