San Policarpo, obispo de Esmirna y mártir

Conocido principalmente a través del Martyrium Polycarpi, considerado el documento más antiguo y auténtico de las Actas de los Mártires, Policarpo destacó durante su largo episcopado en Esmirna por su fidelidad a la doctrina apostólica y su lucha contra las herejías. Descrito por Ireneo como un predicador paciente y amable, especialmente atento con las viudas y esclavos, mantuvo una estrecha amistad con San Ignacio de Antioquía, a quien acogió en el año 107 camino a su juicio en Roma. Policarpo no solo recopiló las cartas de Ignacio, sino que escribió su propia Carta a los Filipenses, un texto fundamental para la historia y el dogma cristiano.
Hacia el año 154, viajó a Roma para dialogar con el Papa Aniceto sobre la discrepancia en la fecha de la Pascua entre Oriente y Occidente; aunque no llegaron a un acuerdo, mantuvieron la paz y la amistad entre las iglesias. Su vida culminó con un heroico testimonio de fe bajo el emperador Antonino Pío. Detenido a los ochenta y seis años, rechazó la oferta del procónsul de salvarse si maldecía a Cristo, respondiendo: Le he servido por ochenta y seis años y no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo podría maldecir a mi Rey que me salvó?. Condenado a la hoguera, las llamas milagrosamente no lo tocaron, por lo que fue ejecutado con la espada el 23 de febrero del 155.
Santa Josefina Vannini, virgen



«Cuida de los pobres enfermos con el mismo amor con el que una madre cariñosa cuida de su único hijo enfermo.» Esta máxima guio la vida de Judith, quien desde muy pequeña conoció el sufrimiento al quedar huérfana a los cuatro años y ser separada de sus hermanos. Criada en el Conservatorio de Torlonia en Roma bajo la tutela de las Hijas de la Caridad, sintió pronto la llamada religiosa, pero su camino estuvo marcado por la prueba: tras ingresar en el noviciado en Siena, fue despedida por problemas de salud, viéndose obligada a trabajar como maestra mientras una profunda inquietud espiritual persistía en su interior.
Su vida cambió radicalmente en 1891 durante unos ejercicios espirituales donde conoció al padre camiliano Luis Tezza. Él vio en ella a la persona idónea para llevar a cabo el proyecto de las Terciarias Camilianas y, confiando plenamente en la Divina Providencia, Judith aceptó la misión. El 2 de febrero de 1892 nació la nueva comunidad cuando ella, tomando el nombre de María Josefina, recibió junto a otras dos jóvenes el escapulario con la cruz roja de San Camilo, en una ceremonia celebrada en la misma habitación donde había muerto el santo.
Sin embargo, la fundación enfrentó graves obstáculos, desde la reticencia inicial de las autoridades eclesiásticas hasta las calumnias que forzaron al padre Tezza a exiliarse en Perú en 1900, sin poder regresar jamás. La Madre Josefina se quedó sola al frente de la naciente familia religiosa, pero su fe inquebrantable hizo fructificar la obra. Al fallecer en 1911, las Hijas de San Camilo ya se habían extendido por Europa y América, dedicadas en cuerpo y alma a la asistencia física y espiritual de los enfermos, desde hospitales hasta leproserías, cumpliendo así el sueño que Jesús había puesto en su corazón. Fue beatificada por Juan Pablo II en 1994.
