Santa Escolástica, virgen, hermana de San Benedicto

Nacida en Nursia en el año 480, Santa Escolástica fue la hermana gemela de San Benito y la primera monja benedictina. Perteneciente a la noble familia romana de los Anicii, fue enviada a Roma junto a su hermano para estudiar, pero ambos quedaron profundamente turbados por la vida disoluta de la ciudad. Mientras Benito optaba por la vida eremítica, Escolástica renunció a su patrimonio familiar para consagrarse a Dios, siguiendo los pasos de su hermano primero en Nursia y posteriormente en las cercanías de la Abadía de Montecasino. Allí fundó el monasterio de Piumarola, dando origen a la rama femenina de la orden y viviendo como fiel intérprete de la Regla, con un énfasis especial en la práctica del silencio y en hablar únicamente de Dios.
Su relación con Benito estaba marcada por una profunda comunión espiritual; se reunían una vez al año en un lugar intermedio entre ambos monasterios. El encuentro más célebre tuvo lugar el 6 de febrero de 543, poco antes de la muerte de la santa. Deseosa de prolongar su coloquio espiritual, Escolástica pidió a su hermano que se quedara toda la noche, pero este se negó para no infringir su Regla. Ante la negativa, ella oró entre lágrimas y se desató una tormenta tan violenta que impidió que Benito se marchara. Ante el reproche del monje, ella dio una lección de amor teologal: «Yo he rogado, y Él me ha escuchado», demostrando, según la tradición, que «pudo más quien más amó».
Tres días después de este último encuentro, Benito tuvo la visión del alma de su hermana ascendiendo al cielo en forma de paloma blanca. En un gesto final de unión, mandó enterrarla en la tumba que había preparado para sí mismo en la Abadía de Montecasino. De este modo, tal como sus mentes habían estado siempre unidas en la búsqueda de Dios, sus cuerpos descansan juntos en el mismo sepulcro, venerado hoy tras quince siglos de historia.
Santos Zótico, Jacinto y Amancio, mártires en la via Labicana



Junto a estos tres mártires tenemos a san Ireneo, que también fue asesinado durante las persecuciones de Diocleciano a finales del siglo III y principios del IV. Sepultados en los antiguos cementerios de la Via Labicana, en Roma, Pascual I trasladadó sus restos a la Basílica de santa Práxedes.
