Santa Martina, mártir

Martina, hija de un noble romano, se convirtió al cristianismo y comenzó a distribuir sus bienes entre los pobres. Arrestada por los guardias del emperador Alejandro Severo, fue sometida en vano a varias torturas hasta que fue decapitada. Es venerada en Roma gracias a la devoción de Urbano VIII.  

Santa Jacinta Marescotti, virgen romana

Clarice, hija de los príncipes Marescotti, creía tener el futuro asegurado por su belleza y nobleza, soñando con un matrimonio con el marqués Capizucchi. Sin embargo, sus planes se desmoronaron cuando sus padres decidieron casar al marqués con su hermana menor, Ortensia. La decepción y la rebeldía de Clarice fueron tales que su familia la recluyó forzosamente en el monasterio de San Bernardino en Viterbo. Allí tomó el nombre de Jacinta, pero se negó a aceptar la clausura estricta; se hizo terciaria franciscana para evitar los votos de pobreza y obediencia, manteniendo un estilo de vida lujoso en un apartamento propio, atendida por novicias y recibiendo visitas, viviendo como una noble dentro del convento durante quince años.

Todo cambió tras una grave enfermedad que le hizo comprender su fragilidad y buscar el verdadero sentido de la salvación. Tras curarse, pidió perdón a la comunidad y se despojó de todas sus vanidades para dedicarse a la penitencia y al servicio del prójimo. Aprovechando sus antiguas conexiones, organizó desde el claustro dos institutos de caridad: los Sacconi, enfermeros que atendían a los enfermos, y los Oblatos de María, dedicados al consuelo de ancianos y abandonados. Su transformación inspiró a muchos alejados de la fe y, tras su muerte en 1640, la devoción popular fue tan intensa que durante su funeral su cuerpo tuvo que ser revestido tres veces porque la gente arrancaba trozos de su hábito como reliquias, siendo finalmente canonizada por Pío VII en 1807.