Solemnidad de la Epifanía
La palabra Epifanía, que en griego significa manifestación, celebra la revelación del Señor a los paganos y al mundo entero, cumpliendo la profecía de Isaías que invita a levantarse y revestirse de luz. Mientras la Navidad se centra en el nacimiento, esta solemnidad subraya que ese Niño pobre es el Rey Mesías. El Evangelio de Mateo narra cómo unos magos de Oriente llegaron a Jerusalén guiados por una estrella buscando al rey de los judíos, lo que provocó el desconcierto de Herodes. Aunque los sumos sacerdotes y escribas sabían por las Escrituras que el Mesías debía nacer en Belén, su conocimiento no se tradujo en movimiento; permanecieron cómodos y seguros en su palacio, bloqueados por sus propias certezas y privilegios, mientras que los magos, venidos de lejos, se arriesgaron a buscar la verdad.
El viaje de los magos incluye un momento de crisis significativo: al asumir que el rey debía estar en el palacio, su certeza humana los desorientó momentáneamente y perdieron de vista la estrella. Este episodio enseña que el verdadero drama no es equivocarse o caer, sino rendirse ante el error. Al cuestionarse y retomar el rumbo, la estrella volvió a brillar, recordándonos que seguir la estrella significa perseguir los deseos nobles y justos del corazón, sabiendo afrontar riesgos y derrotas. Por el contrario, la búsqueda de Herodes estaba viciada por el miedo a perder su poder, lo que le impedía ver al Niño tal como era y lo llevaba a querer destruir cualquier amenaza a su posición.
Esta festividad funciona así como un espejo que revela lo que hay en el interior de cada persona, mostrando una dualidad constante: en nosotros convive una parte semejante a los magos, dispuesta a caminar, aprender y superarse, y otra parte similar a Herodes, que intenta aplastar los sueños y se aferra al éxito y al poder. Finalmente, el encuentro culmina en la ofrenda de dones llenos de simbolismo: oro para la realeza, incienso para la divinidad y mirra para la humanidad del Niño. Este acto de adoración implica no solo dar cosas, sino darse a uno mismo, un paso que requiere valentía para abandonar las propias seguridades y abrazar una verdadera conversión.
San JUAN N. NEUMANN, OBISPO DE FILADELFIA EN LOS ESTADOS UNIDOS

Nacido en 1811 en un pueblo de Bohemia, Juan Nepomuceno Neumann fue un estudiante brillante que, durante su estancia en el seminario de Budweis, sintió la llamada misionera hacia los Estados Unidos, una tierra de inmigrantes necesitada de atención espiritual. Dado que su ordenación se retrasaba en su país por el exceso de clérigos, decidió partir en 1836 con escasos recursos y sin el valor de despedirse de su madre, desembarcando en Nueva York con apenas un dólar en el bolsillo. Allí, el obispo local, consciente de su sólida formación, lo ordenó sacerdote en apenas una semana y lo incardinó en una vasta diócesis donde se entregó a la misión recorriendo enormes distancias a caballo o a pie para llevar los sacramentos a los lugares más remotos, convencido de que solo un sacerdote capaz de soportar grandes penurias podía servir en aquella región.
En 1842 ingresó en los Padres Redentoristas, convirtiéndose en su primera vocación americana, y para 1852 fue nombrado obispo de Filadelfia, la diócesis más grande del país en aquel entonces. En una ciudad industrial marcada por la llegada de inmigrantes pobres y los disturbios anticatólicos, Neumann vivió en extrema austeridad, poseyendo un solo par de botas y utilizando medios de transporte rudimentarios. Su celo pastoral lo llevó a aprender múltiples idiomas, incluido el gaélico, para poder confesar a todos sus fieles, y a preocuparse profundamente por la educación, creando el primer sistema escolar diocesano que pasó de tener una sola escuela a contar con doscientas. Consumido por el amor a su gente, falleció repentinamente el 5 de enero de 1860 al sufrir un colapso en plena calle, dejando a los cuarenta y ocho años un legado inmenso como constructor de la Iglesia.
San Eduardo, rey de Inglaterra



Coronado rey de Inglaterra en 1043, amadísimo por el pueblo, es un soberano de profunda oración, manso y gentil: promueve la paz, elimina los impuestos de guerra para ayudar a los más pobres, construye un monasterio que será el primer núcleo de la Abadía de Westminster.
San Simeón el Estilita



Ya en el siglo V, el obispo Teodoreto de Ciro defendía que la extrañeza y la misión no eran incompatibles, comparando la plataforma en el desierto de Simeón con las acciones simbólicas de los antiguos profetas como Isaías o Ezequiel. Nacido en el 390 en Sisán, Simeón pasó su infancia como pastor hasta que las palabras del Sermón de la Montaña y un sueño revelador sobre la necesidad de excavar cimientos profundos marcaron su destino. Ingresó muy joven en un monasterio donde memorizó el salterio, pero su penitencia era tan extrema que tuvo que abandonar el convento de Eusebona para no inducir a los demás monjes a exagerar sus sacrificios. Continuó su ascesis en Telanisos, pasando la Cuaresma en ayuno total y de pie, para posteriormente encadenarse a una roca en una cueva, convirtiéndose pronto en una atracción para las multitudes que buscaban ver al anacoreta.
Para proteger su vida de oración del asedio y el ruido de los peregrinos, ideó una forma de existencia inédita: vivir sobre una columna. Elevó progresivamente su altura desde los tres hasta los diecisiete metros, donde pasó los últimos treinta y siete años de su vida expuesto a la intemperie. Lejos de aislarse del mundo, su atalaya se convirtió en un sitio perfecto ubicado en una importante vía de comunicación del norte de Siria, atrayendo tanto a campesinos como a reyes y emperadores de la talla de Marciano o León I. Simeón predicaba dos veces al día, bendecía a los enfermos y recibía peticiones mediante una escalera, falleciendo en septiembre del año 459 y siendo sepultado con honores militares en Antioquía.
Su peculiar estilo de vida no nacía de la soberbia, sino que constituía su verdadero lugar en el mundo. Prueba de ello fue su exquisita docilidad cuando aceptó romper sus cadenas o bajar de la columna ante la orden de sus superiores eclesiásticos, quienes, conmovidos por su humildad, le permitieron continuar. Desde las alturas, Simeón ejerció como un mediador paciente y comprensivo, interviniendo en disputas sociales, convenciendo a los terratenientes de perdonar deudas a los aparceros y predicando contra la usura y el lujo desmedido del Imperio de Oriente. Su figura, que enseñaba la templanza e invitaba a la multitud a mirar más arriba, se convirtió en un modelo monástico muy estimado que ha seguido inspirando a artistas y escritores a lo largo de los siglos como un símbolo de ascesis y entrega.
