jueves después del miércoles de Ceniza
Reflexión para meditar el primer día de Cuaresma después del Miércoles de Ceniza.
La Iglesia nos propone contemplar el Salmo 1, donde se muestran dos imágenes que representan dos posibles caminos para nuestra vida.
«Que es como un árbol que da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas» (Sal 1,3).
«Son como polvo que dispersa el viento» (Sal 1,4).
Parece que estuviésemos ante una bifurcación:
o permanecemos arraigados en la realidad, dando frutos de santidad,
o estamos a la deriva, llevados por pequeños gozos efímeros.
«Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es un camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años».
Estamos llamados a la vida.
Así lo recuerda Moisés al pueblo elegido:
«Hoy pongo ante ti la vida y el bien, o la muerte y el mal… entonces vivirás» (Dt 30,15-16).
Nuestra conversión no es una negación triste, sino una respuesta al deseo de plenitud que llevamos dentro.
«El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida… Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre».
¿QUÉ PODEMOS HACER PARA AVANZAR EN ESTA CUARESMA?
La Iglesia nos sugiere comenzar pidiendo este don al Señor:
«Te pedimos, Señor, que inspires, sostengas y acompañes nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti como en su fuente, y tienda siempre a ti como a su fin».
Reconocemos así que nuestra conversión es, ante todo, un regalo de Dios.
Sin embargo, pedir no es quedarse quieto: podemos abrirnos a su gracia mediante penitencia y, sobre todo, oración.
«Sin la oración diaria vivida con fidelidad, nuestra actividad se vacía… “Inspira nuestras acciones, Señor…”».
El Señor nos dice:
«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y que me siga» (Lc 9,23).
Las prácticas penitenciales de Cuaresma son un morir al pecado para vivir más cerca de Jesús.
El Señor comparó su pasión con el grano de trigo:
«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo…» (Jn 12,24).
La cruz no es un sufrimiento vacío: es transformación y vida nueva.
San Josemaría nos animaba:
«¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar…».
Cada día tiene pequeñas cimas, pequeñas conversiones.
Y en ese camino, siempre encontramos ayuda en nuestra Madre.
