1.º domingo de Cuaresma (Ciclo C)

CADA AÑO, en el primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone meditar las tentaciones que padeció Jesús. Quizás la primera vez que escuchamos este relato nos sorprendió que el mismo Dios hecho hombre fuera probado de esa forma. Jesús lo acepta, entre otras razones, para que también cuando nosotros sentimos la tentación podamos estar seguros de su compañía y comprensión.

Así le ocurrió, por ejemplo, a santa Catalina de Siena. Después de una noche en que había sufrido mucho, preguntó:

«Señor mío, ¿en dónde estabas cuando mi corazón se veía atribulado con tantas tentaciones?»

Y escuchó:

«Estaba en tu corazón mismo»

Jesús lucha dentro de nosotros, con nosotros y por nosotros.

«Con él estaré en la tribulación, lo libraré y lo glorificaré»

¡Qué paz nos da saber que podemos vivir nuestras dificultades junto a Jesús! San Agustín escribe que Cristo tomó nuestra carne, nuestra mortalidad y nuestras tentaciones para darnos su vida y su victoria.

A veces, al pensar en nuestra debilidad, nos podemos llenar de tristeza. Sin embargo, Cristo, que era perfecto Dios y perfecto hombre, también quiso padecer tentaciones; quiso atravesar ese umbral para acompañarnos.

«El Señor es nuestro modelo; y que por eso, siendo Dios, permitió que le tentaran, para que nos llenásemos de ánimo, para que estemos seguros –con Él– de la victoria. Si sientes la trepidación de tu alma, en esos momentos, habla con tu Dios y dile: ten misericordia de mí, Señor, porque tiemblan todos mis huesos, y mi alma está toda turbada. Será Él quien te dirá: no tengas miedo, porque yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío»

«SI ERES Hijo de Dios»

Así tienta el diablo a Jesús en dos ocasiones. Esas tentaciones buscan afectar la filiación divina, quieren hacer dudar del amor del Padre. Muchas tentaciones empujan a la comodidad, a la ira o a la pereza, pero siempre detrás está el intento de quebrar nuestra identidad de hijos de Dios.

«Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso»

«O el infierno o la huida, no hay término medio»

El remedio es volver una y otra vez a nuestra condición de hijos. La confianza en Dios nos sostiene como un Padre que quiere lo mejor para nosotros. Las tentaciones pueden ayudarnos a recordar que necesitamos a Dios y que no somos autosuficientes. Para quien acude a Él, incluso los obstáculos acaban ayudando, porque es el Señor quien pelea por nosotros.

«las tentaciones y estorbos que pone el demonio la ayudan más; porque es Su Majestad el que pelea por ella»

«COMO GENERAL competente que asedia un fortín, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar»

Sin embargo, estamos seguros de que Dios es más fuerte. Esta Cuaresma podemos fijarnos en las manifestaciones de su amor, especialmente en su Hijo. Nos gustaría percibir hasta el gesto más pequeño de Cristo camino a Jerusalén. El tentador intenta mentirnos y hacernos sospechar de la bondad de Dios.

«Desconfía de Dios»

El demonio tentó al Señor diciendo:

«Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan»

Y precisamente Jesús se ha convertido en pan para que no nos falte el alimento del alma.

El demonio tentó al Señor diciendo:

«Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo desde aquí»

Dios no evitó la muerte de su propio Hijo para salvarnos, desmontando así la mentira de que Dios no nos quiere.

A María podemos pedir la valentía de sabernos hijos en medio de la debilidad, porque queremos disfrutar del amor de Dios.

«¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha»