Santa Josefina Bakhita, virgen

Su infancia se vio truncada abruptamente a los nueve años cuando fue secuestrada por comerciantes de esclavos, un trauma tan profundo que le hizo olvidar su propio nombre y el de sus padres. Irónicamente, sus captores decidieron llamarla Bakhita, que significa afortunada, mientras la vendían como mercancía en los mercados de Sudán. Su calvario incluyó ser propiedad de un general turco que marcó su cuerpo a fuego con un tatuaje de ciento catorce cortes cubiertos de sal, dejando cicatrices imborrables en su piel como recuerdo de una década de inhumana brutalidad. Sin embargo, un rayo de luz iluminó aquel infierno en 1882 cuando fue adquirida por el cónsul italiano Calixto Legnani, quien la trató con una bondad inédita para ella. Ante la amenaza de la revolución mahdista, Bakhita tuvo el valor de pedirle que la llevara con él a Italia, aterrizando en 1884 en la península donde se convirtió en la niñera de Alice Michieli.

Fue durante una estancia con las Hermanas Canossianas de Venecia cuando comenzó a sanar su alma y conoció a Jesús, recibiendo el bautismo en 1890 con el nombre de Josefina Margarita Fortunata. Profesó sus votos religiosos y sirvió durante cuarenta y cinco años en el convento de Schio como cocinera, sacristana y portera, ganándose el cariño de la gente que la llamaba cariñosamente la hermana morena por su bondad y su eterna sonrisa. Falleció el 8 de febrero de 1947 a causa de una pulmonía, dejando un testimonio de perdón radical al afirmar que, si encontrara a sus torturadores, se arrodillaría a besarles las manos, pues gracias a aquella dolorosa travesía llegó a ser cristiana y religiosa, encontrando así la verdadera fortuna que su nombre presagiaba.