San Isaías, profeta

San Isaías, nacido alrededor del año 770 a.C. en el seno de una tribu noble de Israel, se alza como una de las voces proféticas más resonantes del Antiguo Testamento. Su misión, destinada a revelar la fidelidad salvífica de Dios a un pueblo inclinado al pecado, comenzó con una impresionante visión mística en el Templo: vio al Señor en su trono rodeado de querubines, y uno de ellos purificó sus labios con un carbón encendido, preparándolo para predicar la verdad divina. Aunque la tradición antigua le atribuía una longevidad de más de un siglo, la exégesis católica moderna sugiere que el libro bíblico que lleva su nombre —compuesto por 66 capítulos— es una obra compleja donde las profecías del Isaías histórico (siglo VIII a.C.) se entrelazan con textos posteriores elaborados por los «herederos de su espíritu», especialmente en la llamada parte de la «consolación», escrita siglos después.

Su ministerio profético activo comenzó hacia el 740 a.C. y abarcó los reinados de Ozías, Joatán, Acaz, Ezequías y Manasés, en un contexto geopolítico marcado por la amenazante expansión del imperio asirio. Isaías fue un firme opositor de las alianzas políticas mundanas, como la que el rey Ezequías intentó con Egipto; para el profeta, la única seguridad residía en la confianza absoluta en Dios y no en estrategias militares.

Más allá de su rol político y moral, Isaías es fundamental por su dimensión mesiánica. Sus textos preanuncian con asombrosa claridad la llegada de un Libertador, detallando desde su nacimiento hasta su pasión y muerte, lo que lo convierte en el gran narrador anticipado de Cristo. Sin embargo, su fidelidad a la verdad le costó la vida: al enfrentar la impiedad y la idolatría del rey Manasés, quien ascendió al trono en el 681 a.C., Isaías fue condenado. Según la tradición y los evangelios apócrifos, sufrió un martirio atroz, sellando con su sangre una vida dedicada a proclamar la santidad de Dios.