Beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi, esposos

Una vida ordinaria vivida de forma extraordinaria define a Luis Beltrame Quattrocchi y María Corsini, el primer matrimonio beatificado conjuntamente por san Juan Pablo II en 2001. Originarios de Catania y Florencia respectivamente, se conocieron en Roma en 1902; él era un abogado que haría carrera como Fiscal General y ella una estudiante amante de la cultura. A pesar de sus caracteres fuertes, comprendieron pronto que su amor estaba sostenido por Dios, algo que plasmaron en una densa correspondencia de siete meses donde mezclaban ternura y casto afecto, hasta que contrajeron matrimonio en 1905 en la Basílica de Santa María la Mayor.

Su unión, siempre abierta a la vida, dio fruto en cuatro hijos: Felipe, Estefanía, César y Enriqueta. El embarazo de esta última fue crítico debido a una placenta previa que ponía en riesgo la vida de madre e hija, pero la pareja rechazó el aborto confiando plenamente en la Providencia. La vida familiar transcurría en un clima de fe profunda, marcada por la misa diaria, el rosario y la adoración nocturna, creando un ambiente de tal confianza y libertad que los cuatro hijos decidieron consagrarse a Dios en la vida sacerdotal y religiosa. María registró esta cotidianidad en escritos que hoy siguen siendo referentes educativos, enseñando a su familia a vivir cada evento con una perspectiva espiritual, mirando siempre del tejado para arriba.

Su fe se tradujo también en un incansable compromiso social y apostólico. Fueron voluntarios de la UNITALSI acompañando a enfermos, terciarios franciscanos y activos colaboradores durante las guerras mundiales, llegando a salvar más de ciento cincuenta vidas de la persecución nazi en colaboración con la Abadía de Subiaco. Pioneros en impartir cursos de preparación matrimonial cuando aún no eran comunes, el secreto de su apostolado nacía de la Eucaristía; de hecho, Luis solo daba los buenos días a su esposa al salir de la iglesia, considerando que el día comenzaba realmente tras recibir a Jesús. Luis falleció en 1951 y María lo siguió catorce años después, muriendo plácidamente tras el rezo del Ángelus, dejando un testimonio que confirma que el camino de santidad en pareja es posible, hermoso y fecundo.