Fiesta de todos los santos

La Solemnidad de Todos los Santos, conocida también como la «Pascua de Otoño», es la fiesta en la que la Iglesia honra la memoria de aquella multitud de hijos de Dios —tanto los canonizados como los anónimos— que, habiendo vivido las Bienaventuranzas y la docilidad al Espíritu Santo, gozan ya de la gloria eterna tras haber trabajado por la justicia y el Reino de Dios. Sus raíces históricas se remontan a la conmemoración de los mártires en el siglo IV, aunque fue el Papa Gregorio III quien, entre los siglos VIII y IX, fijó la fecha del 1 de noviembre en Roma al consagrar una capilla vaticana a todos los santos, mártires y justos del mundo. Más allá de la celebración histórica, esta festividad subraya una verdad fundamental recordada por el Papa Francisco en su exhortación Gaudete et exsultate: la santidad no es un logro solitario, pues «nadie se salva solo». Dios elige salvar a un pueblo dentro de una dinámica comunitaria de relaciones humanas, haciendo de la santificación un camino compartido. Testimonio de ello son las canonizaciones de grupos enteros —desde los mártires de Japón y Corea hasta los monjes de Tibhirine— y la santidad vivida en el matrimonio, confirmando que la convivencia fraterna es el instrumento divino para pulir el espíritu y alcanzar la perfección.